Fotografía tomada de revista Piri Piri
Mi raza soy yo mismo. La persona es una humanidad individual. 
Cada hombre es una raza, señor policía.
Mia Couto / Cada hombre es una raza 
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O mundo não é o que existe, mas o que acontece. 
Dicho de Tizangara

GONZALO TRINIDAD VALTIERRA |


Vasco da Gama, navegante de la mar océano, descubrió una delgada línea de arena.
 El mar se volvió un poco más claro, como pasa cuando la tierra contrasta sus colores acres 
con los azules de la costa. Cualquiera que haya sido la primera frase que pronunció, 
lo hizo en su lengua portuguesa: las primeras impresiones de esa tierra desconocida.

Quinientos años más tarde el escritor Mia Couto (1955, Beira, Mozambique) hará lo
 mismo. Pero sus palabras serán las del mozambiqueño. Su lengua estará enriquecida
 por los serpenteantes ríos africanos, las pulsaciones del sol y del aire enrarecido, 
repleto de vida, de la vegetación selvática, del ritmo que inocula la tierra de un continente
incomprensible para nosotros. Y por ello misterioso, atrayente, espeluznante y complejo en cada detalle.

Este año se cumplieron 30 años de la vida narrativa de Mia Couto. Para celebrarlo se
organizó, en el mes de diciembre, el coloquio Mia Couto: 30 anos de vida literária, 
en el Centro de Estudos Comparatistas da Faculdade de Letras (FL) da Universidade 
de Lisboa, en colaboración con Editorial Caminho (Grupo Leya).

Podríamos pensar que “en realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”,
 palabras de Ryszard Kapuściński. África no puede ser racionalizada a la manera occidental.
 No puede existir en un concepto absoluto, casi monolítico: una idea. En cambio, las Áfricas
 que se extienden, que se mueven, que se transforman con la velocidad con que los ríos 
desaparecen y los desiertos se ensanchan, o vertiginosamente como el salto de las gacelas, 
las que están constituidas de nombres propios como los hutus, zulúes, tutsis, lingalas 
y cientos de otras culturas, todas ellas existen en sus lenguas, en sus dioses, en sus ancestros
 que deambulan la sabana y la selva. África más que un continente complejo y lacerado,
 es una tierra sonámbula.

Y tal vez las pocas formas que tenemos de explorar el continente africano son las letras
 y las aventuras en carne viva. Pero este siglo carece de héroes. Así que no nos resta 
sino adentrarnos a través de la literatura: Joseph Conrad, Elias Canetti, Ryszard Kapuściński, 
entre muchos otros, han dado testimonio de la vida en ese rincón del mundo. Pero, es en
este momento cuando surgen las preguntas: ¿Dónde están los escritores hijos de 
esa tierra profana y majestuosa? ¿Quién los lee? ¿Quién ha escuchado sus historias?
 ¿Quién ha visto el mundo a través de sus narraciones?

Mia Couto, recientemente galardonado con el Premio Camões de Literatura 2013 
(equivalente al premio Cervantes para la lengua portuguesa), es uno de los escritores más
 importantes de la literaturalusófona, contemporánea, mozambiqueña, de esa lengua que 
desliza sus sonidos como el rumor de las olas.

A pesar de que el portugués es una lengua de conquista, también es una lengua que se adapta
 a la geografía, a otras lenguas y tradiciones orales con las que se ha encontrado. 
Y Mia Couto ha sabido pronunciar esta capacidad del portugués para asimilar las
 lenguas oriundas de la actual Mozambique. Ha convertido su propia lengua en un barco donde
 las tradiciones —muchas veces dispares—, las aldeas, las tribus, el habla y las tradiciones 
populares, los refranes, los antepasados, los ensueños y, especialmente, la poesía, tienen cabida.

La poética del espacio

Penetrar en el universo narrativo de Mia Couto debe ser muy parecido a caminar 
en una aldea mozambiqueña. Lo primero que uno percibiría sería el sol. Un calor abrazador. 
Y un viento tal vez fresco, marino; tal vez cargado de los estallidos de vida que pueblan la selva. 
Luego uno reconocería un mercado, las calles de tierra roja, las casas encaladas o 
de muros terregosos. Alguna vieja casona colonial. Si uno caminara un poco más,
como precisamente se hace al leerse algún cuento o novela, pronto se hallaría en 
un lugar cambiante, que produciría la sensación de estarse hundiendo en arenas movedizas; 
en la tierra sinfín del verdadero Mozambique.

Los pueblos, muchos de ellos sin nombre, las aldeas de pescadores, o las villas tierra 
adentro, son tan cambiantes como el tiempo. Al punto de que un país entero puede
 desaparecer, como ocurre en la novela El último vuelo del flamenco. Quizá se deba a
 que el tiempo, para los africanos, “es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica 
y subjetiva”, como mencionó Kapuściński en una de sus crónicas, y por ello, el 
espacio mismo es una categoría maleable, cambiante. En Tizangara —así se llama 
el pueblo donde transcurre la novela—, el tiempo y el espacio están ligados
 no sólo a los acontecimientos —llamémoslos— objetivos, sino a los actos 
subjetivos de los habitantes, en este caso los personajes, y a sus antepasados.

O como Villa Cacimba, la cual está estriada por caminos laberínticos de arena.
 En medio de la sabana “ondulante como llamaradas líquidas”. Villa la cual está 
bierta por “una espesa neblina”, un polvo en el cual hay “el sabor de un tiempo suspendido”.

Los muertos sonámbulos

La noche transforma el espacio en algo distinto: el tiempo se desvanece, 
se difumina y el mundo de los muertos se entremezcla con el de los vivos: que 
son otra clase de muertos. Y en un país que luego de once años de guerrear
 por su independencia tuvo que soportar otros doce años de guerra civil, 
los muertos podrían no estar enterados de que están muertos. Deambulan en
 los caminos que “se comió la guerra”, cerca de sus aldeas, en las costas 
y en veredas que atraviesan selvas. Algunos son un rumor fugaz, un reflejo 
o unos restos carbonizados en un machimbombo (camión) achicharrado en medio de la carretera.

Esta característica podría resultar en un realismo mágico del tipo macondiano. 
Pero en Mozambique, como explica el autor, dicho realismo es real. Los muertos, 
la magia, los dioses, otros tiempos y otros espacios se entrecruzan en una misma 
realidad. Esto se debe que “las religiones nativas todavía son dominantes y, en nuestra 
realidad, los muertos no mueren: siempre están presentes y, junto con los vivos, 
gobiernan los asuntos cotidianos de los vivos”, en palabras del autor.

A propósito de esta vida espiritual más compleja, Kapuściński comenta que
“el mundo espiritual del africano (soy consciente que al usar este término 
simplifico mucho) es rico y complejo, y su vida interior está impregnada por una profunda 
religiosidad. El africano cree en la existencia simultanea de tres mundos, diferentes pero
 ligados entre sí”. Mundos que apenas mencionaré: la realidad visible, el mundo de 
los antepasados, el reino de los espíritus, “extraordinariamente rico”, comenta el polaco.

Razón por la cuál la narrativa de Mia Couto está imbuida de personajes visibles e 
invisibles. La vida del individuo, y de la comunidad con mayor razón, está influenciada
por los espíritus y los ancestros. Lo cual promueve una relación distinta entre la memoria 
y el olvido. Al respecto el autor ha comentado que “la parte fascinante de ese proceso es su
 similitud con los mecanismos de creación de la ficción. Nos damos cuenta de que recordar 
y olvidar son dos caras de la misma construcción. En portugués tenemos la misma palabra
 para Historia e historia, y quizás esto revele cómo estas dos categorías están entrelazadas”.

Falinventar

“La guerra produjo efectos contradictorios. Este es un país muy particular, donde el
 portugués es cada vez más hablado en las ciudades. En las áreas rurales, donde vive
la mayoría de la gente, los idiomas nativos aún predominan”, comentó el autor 
en una entrevista. Esa condición produjo la necesidad de, a través de la creación, 
coser las heridas que 21 años de guerra dejaron supurantes en el alma de los mozambiqueños.

Entonces de la palabra hablada (falar / hablar) y la invención (inventar) nacieron 
los falinventos en la literatura de Mia Couto. Neologismos riquísimos fonéticamente 
que la gente ha ideado, porque a veces las palabras no bastan y hay que recurrir a los
 inventos, las mezclas, las combinaciones y dejar que la lengua adquiera su propio curso,
 como los ríos con el tiempo. De forma que el espíritu de los mozambiqueños, como la 
roca, sea tallada por esa corriente aún más fuerte de lo africano y lo portugués.

Esta característica nos despacha a la dificultad de traducir la literatura de Mia Couto. 
O por lo menos de hacerlo con toda su fuerza y riqueza fonética. A pesar de ello,
 sus libros se han publicado en 20 países.

Sí, África es un universo extraño. Mistificado por la cultura de masas. 
Apenas utilizado por la industria fílmica como un escenario exótico, cuando no
explotado o reducido a ideas burdas. Pero hay otras Áfricas, por fortuna, las que 
deambulan en la literatura de Mia Couto y son realmente fascinantes.